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Jardines de Granada


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jueves, junio 28, 2007 :::
 
Fuente: El Mundo
Fecha: 18-6-07
Sutor: Jesús Torbado



LA ALHAMBRA
La maravilla de Granada
Candidata a figurar entre las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, estremece el impacto visual y sentimental de esta acrópolis maravillosa de muros rojizos.


El viajero que se presenta hoy ante la vieja puerta de la Justicia, después de haber pagado diez euros por la entrada, de haber sorteado la ineficacia de un llamado Patronato (si ha acudido a él en busca de ayuda) y de haber formado entre los ocho mil visitantes que como máximo se admite cada día en este lugar, puede pasear pensando que La Alhambra haya logrado figurar entre las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, según la artimaña que ideó un suizo listo y que se desarrolla mediante una seudodemocracia internética, o puede llanamente entregarse al placer íntimo de contemplar cuanto lo rodea importándole un ardite el paripé mediático del asunto.

Estos palacios y jardines de Granada están muy por encima de las anécdotas publicitarias. Incluso más allá de ese rancio y avaro sueño de Bin Laden y compañía armada, cuando anuncian la urgencia en recuperar lo que nunca fue suyo. Pues, dicho sea pronto, la Alhambra no es árabe, sino un monumento alzado por españoles (de religión islámica, qué importa eso), en España y mantenido —aunque más mal que bien— por españoles durante siete siglos. Con cimientos anteriores a la invasión árabe, romanos quizá, como las torres Bermejas, que son tres, y con grandes añadiduras, necias y acertadas, de cristianos posteriores.

El pintor y escritor Francisco Izquierdo, muerto hace pocos años frente a los sagrados muros rojos, terminaba una de sus muchas explicaciones con estas palabras: «La Alhambra se visita, no se lee». Y no porque falten palabras para describirla, sino porque ya se han gastado todas. Unamuno había certificado antes que no existe paisaje sin historia. Penetrar en esta acrópolis maravillosa debe implicar, claro, conocer al menos un poco de su prodigiosa historia, de las gentes que llenaron tales palacios, de los enormes sucesos que ocurrieron dentro y a su alrededor. Mas aún ignorándolo casi todo, es estremecedor el impacto visual, sentimental, que causan torres, muros, bóvedas, yeserías, estanques, jardines.

Y si fuera posible al visitante imaginar cómo era todo esto hace quinientos años, recuperar azulejos, trazos gráficos, fachadas y lo muchísimo que se ha perdido o machacado o robado, imaginar en su sitio los tesoros desaparecidos, aceptaría todo riesgo a cambio de que le permitieran quedarse allí el resto de sus días.

Si el visitante musulmán que la Alhambra recibe no se postra a rezar sus oraciones en la superviviente y pequeña mezquita de El Partal —apenas un mihrab u oratorio para los antiguos vecinos de la torre de las Damas—, podrá al menos emocionarse ante una inscripción que se repite insaciable por todas partes en caracteres cúficos, los que se reservaban a las palabras mayores: Ua la Ghalib illa Allah. O sea: No hay más vencedor que Dios.

VERSOS PROTECTORES. Esa alta plegaria, unida a tantísimas otras sembradas por todo el recinto y entrelazadas con sorprendentes poemas —que suelen utilizar los símbolos africanos o nesji—, seguramente ha preservado tan admirable conjunto palaciego y militar de la maldad de los hombres, más que de las habituales furias del tiempo.

El arabista García Gómez estaba convencido de que «la Alhambra pervive porque la ha defendido la más adhesiva fuerza que radica en los seres humanos: la ha conservado el amor», pero resulta muy aventurado hablar de amores si se para el viajero a comparar lo que puede ver hoy, que es mucho, con lo que ya jamás podrá encontrar.

La gran ciudadela está plantada sobre la reseca colina de la Asabica o Sabika, que es uno de los más lujosos mascarones con los que la sierra Nevada se asoma al plano y extenso vergel de la vega de Granada, «el paraíso del profeta». Hace unos setecientos años que los inevitables adictos llevan engrosando su esplendoroso cuerpo y su espíritu sutil con piropos, narraciones, asombros, nostalgias, datos, historias, sueños...

Desde los poetas primeros (como el llamado Ibn Zamrac, cuya carne mortal fructificó durante el siglo XIV) que han tenido el honor de ver impresa su obra en yeso, cerámica y mármol; y con tan fastuosa encuadernación como es este conjunto de palacios, jardines y muros defensivos; hasta el último trovador adolescente que cree perder la conciencia y sueña con el lejano e inalcanzable paraíso, millones de palabras envuelven de aires poéticos y legendarios las rojizas paredes, el laberinto de las decoraciones, el ganchillo de los mocábares, la cintura de los capiteles, los remansos del agua, la alegre humedad de los jardines.

No merecían menos tales manufacturas humanas, las que son y las que fueron. La historia de su tragedia destructiva es incluso más larga que la de la misma construcción. Pascual Madoz, por ejemplo, se quejaba de la lista interminable de gobernadores que expoliaron esa «magnificencia exagerada». El inglés Richard Ford señala que el oficial catalán Luis Bucarelli vendió la armería y los mejores azulejos para sufragar una corrida de toros, aunque él mismo no se avergonzó de grabar su firma en una columna del mirador de Lindaraja, la bella de tantas leyendas; aquella sede de altos perfumes era por entonces (1832) depósito de bacalao para los presos que ocupaban varios salones.

DEVASTACIÓN. El barón de Davillier recuerda en 1862 el espléndido jarrón que se regaló a una dama francesa —el mismo que los moros vencidos habían enterrado lleno de oro, según cuenta la leyenda—, la puerta de bronce de la mezquita, que se vendió a peso de metal viejo, y las de madera de la sala de los Abencerrajes —una de las más bellas estancias de la Alhambra— que se utilizaron para hacer fuego... Mientras él catalogaba tantas devastaciones, su compañero Doré retrataba a un inglés de estúpido rostro que arrancaba impunemente azulejos con un cincel y un martillito. Pero unos años antes, los compatriotas de Doré habían desvalijado los restos de la incuria de los españoles y sólo el arrojo de un modesto cabo evitó que las mechas ya encendidas volaran todo el recinto cuando las bárbaras huestes napoleónicas abandonaban Granada en el año 1812. Consiguieron arruinar ocho torres.

Larga sería, pues, la relación de los desprecios, pero afortunadamente debe serlo más la de las maravillas. La Alhambra, «la roja», es el conjunto hispanomusulmán más importante de cuantos siguen en pie y tal vez el más deslumbrante de toda la cultura árabe en sus catorce siglos de historia. Al haber sido expulsado por las armas el último rey de una dinastía, la nazarí, no pudo tener un sucesor de otra siguiente que destruyera lo edificado para rehacerlo de nuevo, como era costumbre entre emires y califas.

Fusión casi inextricable de lo militar, lo administrativo y lo placentero, murallas, miradores, puertas, patios, jardines, alamedas, estancias, «misteriosos y voluptuosos asilos» son en lo esencial obra de cuatro grandes reyes. De Alhamar de Arjona, fundador de la dinastía nazarí, es la obra principal realizada en torno a 1240; de su hijo Mohammed II y de Abu el-Hachach, diferentes ampliaciones; de Yusuf, séptimo rey de la ciudad, lo mejor de los adornos dispuestos a partir de 1335 por una cofradía anónima de alarifes, yeseros, ceramistas, poetas... Los cuatro y muchos otros soberanos nazaríes figuran entre los mejores que han gobernado sobre suelo ibérico, como puede leerse en centenares de crónicas coetáneas, también cristianas, y en juicios históricos posteriores.

En el corazón mismo de las construcciones islámicas destaca, desde 1533, aunque inconcluso, el palacio de Carlos I. Conforme al temperamento de cada cual, ese edificio es uno de los más notables del Renacimiento español, lo mejor de este estilo fuera de Italia, o una horrorosa afrenta. Washington Irving, que con su célebre libro mitificó de tal modo la Alhambra y que contribuiría mucho a salvarla, se puso siempre del lado de los moros vencidos. El palacio del rey cristiano, que en un principio había querido establecer en Granada la capital de su imperio —y el palacio sería su metáfora—, le pareció tan blasfemo y feo, «orgullosa intrusión», como a la mayor parte de los muchos viajeros románticos que hicieron de esta ciudad la meta de sus fantasías.
Más ecuánime, Madoz cuenta que lo «decoraron con pompa mezquina comparada con la lujosa profusión de los adornos orientales». En cualquier caso, se trata también de una soberbia y maciza construcción, «de lo más perfecto y hermoso que tenemos en España» según Gómez Moreno, y algunos de sus elementos, como el patio, son en verdad excepcionales. Conviene también añadir que el arquitecto Machuca levantó sus muros sobre un viejo cementerio real, no sobre ruinas causadas para su propósito. Sin desdoro puede efectivamente hablarse de una Alhambra cristiana, ya inseparable de la islámica.

ESPÍRITU MAHOMETANO. Claro que cuanto resplandece con más emocionante vitalismo en la acrópolis granadina, a la sombra de la enigmática torre de la Vela, es profundamente mahometano; lo que también quiere decir de inspiración oriental, bizantina, india, china, babilónica, africana, incluso judía... Los grandes muros rojizos, las numerosas torres supervivientes, esa estampa que vista desde el exterior escandaliza por su armonía, oculta (conforme a la cultura árabe) un reino de esplendor que hoy apenas pue-de concebirse.

Detrás de la Alcazaba defensiva se despliega, pues, una ciudad palatina que tardó dos siglos y medio en completarse. El lienzo de la muralla (1.700 metros de longitud), enriquecido con una treintena de torres, arropaba un urbanismo muy complejo y siempre en evolución durante el reinado de los emires nazaríes. Lo que hoy sorprende más a los curiosos son el gran palacio del Mexuar con su admirable fachada y lo que queda de los otros palacios independientes, sobre todo el de Comares con sus baños. También el espacio central palaciego, el patio de los Arrayanes o mirtos y el llamado de los Leones, que ahora aparece unido al anterior. Cada uno de los cinco patios que existían estaba rodeado de aposentos diversos cuyas actuales reliquias deslumbran por su arquitectura y decoraciones. También por la magia que esconden.

El agua, sabiamente conducida por todas partes, remansada en albercas o elevada con saltadores, era la sangre que alimentaba toda una auténtica ciudad que logró ser el más probable reflejo del paraíso, del sueño del paraíso. Aunque sea imposible hoy conocer cómo fue todo hace seiscientos o cuatrocientos años, y aun en los siguientes, lo mismo que descifrar los poemas y plegarias de unos artistas a quienes estaba vedado representar imágenes humanas o animales, la Alhambra actual se mantiene todavía como grito supremo de aquella victoria de Dios que repiten sus muros. Ya que, como se lee en otro, «la eternidad es su atributo». Por tal razón el griterío actual sobre su orden en lo oficialmente maravilloso no es más que viento inútil enredado en almenas y troneras.


::: Noticia generada a las 8:31 PM


domingo, junio 10, 2007 :::
 
Fuente: Yahoo! Noticias
Fecha: 10/06/07
Autor: EFE


La Alhambra de Granada catalogará sus bienes y tendrá talleres restauración
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Granada

La Alhambra y el Generalife contarán con un catálogo de todos sus bienes, que abarcan desde los inmuebleshasta la flora y fauna, y con talleres especializados derehabilitación para garantizar la salvaguarda de la herencia de lasculturas pasadas junto a la defensa del equilibrio ecológico.
Estas iniciativas están recogidas en el Plan Director que regirá las actuaciones e inversiones del Patronato del recinto nazarí hasta 2015, según la información recabada por Efe.
Para garantizar la protección del recinto, una de las primeras iniciativas es la elaboración del Catálogo de la Alhambra, que recogerá los inmuebles del monumento y su entorno, edificios vinculados, patrimonio etnológico, toponimia del recinto y sus alrededores, jardines, huertas, bosques, espacios singulares, fauna y flora.
De forma paralela se efectuará una cartografía completa del conjunto monumental y se creará el Atlas Cartográfico de la Alhambra, concebido como "elemento integrador de todas las actuaciones en materia de planimetría del monumento".
En cuanto a su preservación y restauración, el Plan Directorestablece que las actuaciones deben ser programadas por equipos interdisciplinares, con investigaciones previas para determinar conexactitud "los materiales, su estado de conservación y definir las causas y mecanismos de deterioro".
Con este objetivo se proyecta la Carta de Conservación y Restauración de la Alhambra, a través de la que se planificarán las intervenciones, así como las metodologías, los diagnósticos y el uso de las técnicas y tratamientos "más novedosos" para una óptima restauración, paso último de investigaciones con las que se pretenden "descifrar los mensajes" de las civilizaciones precedentes.
Para favorecer este aspecto, se crearán talleres de intervención especializada con personal de alto grado de cualificación profesional y el objetivo añadido de fomentar la experimentación e innovación científica y técnica en el ámbito de la restauración.Por ello se incluirán un laboratorio de análisis y talleres especializados en la restauración de yesería, cerámica, vidrio, pintura mural, materiales pétreos, madera, jardinería, papel y encuadernación. EFE


::: Noticia generada a las 2:28 PM




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