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lunes, noviembre 01, 2004 :::
 
Fuente: La Nueva España
Fecha: 25-10-04
Autor: José Valdeón


Oviedo
La ciudad y los árboles

Como cuando se abre la ventana, una fuerte corriente de renovada y efímera conciencia ecológica surge tras el aviso de que unos árboles van a ser talados en la ciudad. Los políticos lo saben, es este un tema sensible entre la población y cuyo clamor se extiende como pólvora encendida. Por eso, en ocasiones, publican bandos y promulgan normas que, desde el punto de vista de las plantas y de los que las amamos, son loables, aunque al final no sirvan para mucho. Lo mismo que, en términos eminentemente prácticos, sirve esa fugaz conciencia verde popular. Aquí, como en otros casos, si queremos llegar a conclusiones razonables, tenemos que acercarnos a la raíz del problema.

Y es que no son sólo los álamos o chopos de Geológicas. Vetusta carga con un historial no precisamente breve en el capítulo del derribo de árboles. Con orgullo nos llamamos «carbayones»; después de los ciento veinticinco años que por estas fechas hace que talamos nuestro roble totémico, todavía asumimos con vehemencia ese título. Pero al Carbayón lo tiramos a hachazos. Y al que con tanto mimo plantamos en su recuerdo junto al Campoamor no hay más que mirarlo para darse cuenta de que languidece después de que encerráramos sus raíces en un cofre de hormigón. Así, si no muere, en vez de un tótem tendremos un bonsai, reducción figurada de un ovetensismo menguante.

¡Cayó el negrillo del Reconquista!, nos avisaron una mañana. Fue el aire, fue la grafiosis, se decía. Lo que pasó, en realidad, fue la falta de sensibilidad arborícola que tenemos y que no sólo se refleja en un terciado, una tala o un derribo. Evidentemente, la grafiosis hubiese terminado con él a pesar de los pacientes y costosos cuidados que, tanto a él como a los del Campo, les prodigamos durante tres o cuatro años. Pero al del Reconquista lo asfixiamos vivo. Al urbanizarse la plaza donde se encontraba se subió el nivel original del terreno más de metro y medio. Está en los manuales: muerte segura y lenta por podredumbre del cuello. Pero algunos arquitectos no leen -ni consultan a los que lo hacen- esos manuales.

Y así podíamos seguir con este muestrario: los tilos del hoy parque del Marqués de la Rodriga, los del antiguo Tartiere, los terciados abusivos del Campo, el Campillín y otros espacios verdes... Y nos rasgamos las vestiduras señalando con el dedo, en esta ocasión a la Universidad, porque no tiene más remedio que evitar que esos álamos o chopos se caigan sobre nuestras cabezas.

Lo verdaderamente nefasto en origen, el craso error, fue haber plantado álamos en una zona de estancia y paso de personas -¡lo que ha ocurrido también en colegios de todo el concejo!- para luego «arreglarlos» cortando parte de su ramaje. Esa es la raíz de la cuestión. Los chopos o álamos crecen de forma natural en terrenos húmedos y lo hacen, además, muy rápidamente. Esto, al contrario de lo que le sucede, por ejemplo, a un tejo, da como resultado una madera estructuralmente débil. Aun así, un álamo o chopo es bastante fiable siempre que no se intervenga sobre él. Las mal llamadas podas -innecesarios cortes de ramas hechos sin una mínima noción de la técnica a aplicar- son la garantía de un debilitamiento general a medio plazo. Como les ha pasado a los de Geológicas, los antiguos cortes -decididos y ejecutados seguramente por quien no sabía lo que hacía- han abierto avenidas inmensas a los hongos y bacterias xilófagos, que han extendido sus redes burlándose de los sistemas defensivos del árbol. Con este panorama, ¿qué responsable universitario se arriesgaría a comparecer ante un juez ante el no poco probable caso de que aconteciera una desgracia?

La solución a este tipo de casos, insisto, se encuentra en el momento inicial. Evitar la tala de uno o unos cuantos árboles no depende de la razón que puedan tener -en el asunto que nos ocupa- la Universidad o la asociación de vecinos. Cuando nos planteemos la presencia de árboles en una plaza, calle, paseo o parque es vital -sobre todo para las plantas- que tanto la elección de las especies como el estudio edafológico, el marco de plantación, la política de conservación de los mismos, etcétera, quede en manos de profesionales. Y no de profesionales cualesquiera, sino de personal formado y muy atento a esa cultura del árbol que tanto se ha desarrollado en los últimos veinte años y que, desengáñense, es la única fórmula para amar, respetar y preservar la integridad de esos maravillosos seres vegetales que hacen de nuestras ciudades sitios más agradables en los que vivir.

José Valdeón es jardinero y paisajista





::: Noticia generada a las 6:24 PM




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