Una vuelta a la manzana o a ninguna parte
Eugenio Barragán [@] [www]

Delito Pulp Magazine

Fumo desde los quince años. Ahora doblo la edad y considero que necesito ahorrar para cultivar otros vicios. Casi lo he conseguido siguiendo los consejos de un amigo que tiene un vecino que alardea sobre el hecho de que ha dejado de fumar. La terapia consiste en disminuir poco a poco la dosis.

Intento relajarme sin éxito asomado a la ventana, el mono de la nicotina viene a mí sin remedio. Exploro, tiritando por el frío, mi vecindad, de aquéllas que se desconocen por ser eso mismo. Antes había una tapia, la han derrumbado y han abierto una calle de las que no van a ningún sitio; y me comento a mí mismo ¿por qué no patear esa vía de difícil acceso?

Me acompañan sobre mi piel, mi abrigo, mis guantes y mi bufandas para mitigar la gelidez de enero.

A las puertas del camino escucho las notas de un pasodoble. Miro hacia los balcones, las ventanas, las tiendas, pero no consigo adivinar de dónde proviene la música. Llevo inconscientemente, la mano hacia el bolsillo de mi cazadora, y encuentro mi paquete de cigarrillos. Enciendo uno, el primero de mi menguante dosis. Ya he alargado hasta lo indecible mi primer encuentro con el tabaco. Aspiro con fuerza, y como si estuviera desesperado beso por última vez el cigarrillo. He decidido que si no dejo el hábito de golpe, no lo abandonaré nunca. Tiro el cigarrillo a la acera y el paquete a una papelera.

La música sigue sonando, y comienzo a andar al compás dos por cuatro de los sones de la canción "España Cañí" en tiempo allegro moderato. Mis articulaciones enmohecidas, no acostumbradas, chirrían o eso creo. En mis oídos, taponados por el viento frío, resuenan mis pasos por la acera.

A mis pies, una moneda de peseta que rápidamente aloja mi bolsillo, pero mi espinazo me advierte que no está para trotes ni correrías.

La calle se estrecha a mi lado izquierdo. La primera puerta es una taberna de cristales oscuros; de botellas apiñadas en las estanterías que con su polvo apelmazado y sus telarañas dificultan la observación del interior.

Cruzo la puerta de cristal, mal alineada y a través de mi empujón vibra. Temo lo peor, pero dentro del establecimiento nadie se preocupa; quizás acostumbrados ante el hecho ruidoso. Atravieso el murmullo hasta la barra; un susurro que se agolpa en mis tímpanos intentado traspasarlos.

Me apoyo en la barra de madera que ha absorbido por sus poros toda clase de bebidas y suciedad. Me quito los guantes, me aflojo el nudo de la bufanda. El camarero me pregunta: - ¿Qué desea? - Observo su cara, su dejada e incipiente barba cana. Otra vez me pregunta, limpiando mi parcela de barra con un trapo gris y sucio que esconde tras el mostrador. Me sigo fijando en su boca desdentada que se desvela ante mí hasta que una voz detrás de mí le responde. - Ponle lo mismo que yo.- Asiento con la cabeza. Y vuelve a limpiar mi parcela. Sigo el brazo del dueño, o supuesto dueño que toma un vaso de los que se amontonan sobre una servilleta. Después sigo su gesto girándose hacia unas toneles.

Mi mano vuelve al bolsillo que alojaba el tabaco, pero no obtiene ninguna respuesta tranquilizadora en forma de paquete.

El camarero me devuelve otra sonrisa al ponerme delante el chato de vino. Después me señala una tapa, por si quiero acompañar la bebida. Niego con la cabeza. Me giro hacia la concurrencia con el vaso en una mano; mi codo y mi espalda se apoyan sobre el filo del mostrador. El murmullo sigue taladrando mis oídos, y más aún con el inicio de una nueva partida de dominó, y el arrastre de las piezas sobre una mesa de mármol. Tiento el vino, dejo el vaso donde lo encontré y a su lado deposito una moneda de cien, y la peseta como propina.

Sigo mi supuesto paseo relajante. Me detengo a observar las ofertas de una tienda de todo a cien y en el reflejo del escaparate vislumbro una pareja que se besa sin reparos. El aparato de música parece que estuviera espiando la calle y cambia la música... irrumpiendo, estridentemente, las estrofas de un tango.

DONDE VEO UNA POLLERA
NO ME FIJO EN EL COLOR;
LAS VIUDITAS, LAS CASADAS O SOLTERAS,
PARA MI SON TODAS PERAS
EN EL ARBOL DEL AMOR...

PARA MI SON TODAS PERAS
EN EL ARBOL DEL AMOR...

Pero lamentablemente el disco se ha rallado, aunque la pareja ha dejado de besarse. Creo que ahora discuten por lo que prosigo inspeccionando el escaparate de la extraña tienda. No veo ninguna ganga, ningún utensilio que aunque no sirva aparentemente para nada, pueda servir para algo en cualquier situación determinada, y que luego puedes lamentar. Sólo hay botes de cristal, cientos de botecitos que se amontonan en las estanterías. La gente entra, compra y se empapa de su contenido nada más pisar la acera.

Me introduzco sigilosamente, leo los diferentes cartelitos indicadores: esencia de felicidad, aroma de optimismo, fragancia de tranquilidad. Sin querer arramblo con un par de botellitas, nunca se sabe; pago y salgo a la calle. Después de rociarme con el aire embotellado no noto ningún cambio, pero una nota me anuncia que en un par de horas notaré el efecto.

Por el empedrado transcurre una procesión con sus emblemas, pendón, oriflamas... es sorprendente. No estamos en semana Santa ni nada parecido. Comienzo a sospechar que la calle es demasiado larga. Tanto, tanto que nacería al principio de la calle y no ha llegado al final. Entre la multitud descubro, también, como una especie de manifestación comunista con los retratos de insignes barbudos: Lenin, Stalin y Marx. El primero, al principio con perilla, el segundo al final con barba, y el último, en medio del gentío, con bigote.

Parapetado en la parada de autobús me doy cuenta de que mis gafas están sucias. Es una curiosa palabra para un artilugio moderno sobre todo si es singular; bueno, no tan moderno si antes incluso se les llamaba quevedos. Sigo observando y sí, si están verdaderamente sucias. Tanto es así que me doy cuenta que ha oscurecido, y no sólo eso sino que además el autobús está fuera de servicio, pues, no circula a estas horas de la noche.

Torno a desandar lo andado. Y vuelvo, tras un par de horas, adonde por la mañana comenzó mi andadura. Mi cigarrillo aún humea tendido en la acera. Mi paquete de tabaco pide auxilio en el fondo de la papelera. Doy una gran calada al solitario cigarrillo y alojo al huérfano paquete en mi bolsillo.

Y llegado hasta aquí me siento cansado de mi propia imaginación. Creo que doblaré la hoja, y saldré de esta ficción para volver a la realidad que, quizás, no me produce tanta ansiedad.

 

Fumo desde los quince años | otros vicios | primer encuentro | mis pasos por la acera | la concurrencia | esencia de felicidad | en el fondo de la papelera

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