Las dos puertas
Joan [@] [www]

Las dos puertas se cerraron a mi espalda dejándome dentro de un vagón que a aquella hora de la tarde estaba más vacío que lleno. Busqué con la mirada un lugar para sentarme y me dirigí hacia uno de los grupos de dos asientos que se miran cara a cara dispuesto a aburrirme las siete estaciones que me separaban de mi destino.

Los viajes en metro son aburridos, porque se une a la imposibilidad de contemplar el paisaje el continuo olvido de un periódico o un libro para entretenerse. La opción pasa por hacer de voyeur; observar al prójimo es el deporte por excelencia en el metro, mirar a los otros viajeros que con cara de no estar haciendo nada se balancean siguiendo el aborregado movimiento que nos impone el traqueteo del vagón. Observar desde el anonimato a cada uno de los viajeros, haciendo una íntima y furibunda crítica de los defectos y características de cada uno de ellos. Imaginar su vida, su estado, su condición e incluso atribuir los vicios dependiendo de la primera impresión.

Un anciano al lado de una puerta, de pie y con los ojos perdidos en el cristal, una señora con un carro de la compra extremadamente grande y de colores hirientes, un par de chicos conversando en un asiento del fondo y una mamá con dos niños especialmente tranquilos para su edad. Poca cosa para observar, poca cosa...

Cuando estaba dispuesto a aburrirme durante todo el trayecto, en la primera estación aparecieron por la puerta tres chicas preciosas con libros en las manos y ojos brillantes. Pensé que sería una suerte que se sentaran en algún lugar que me permitiera observarlas ya que a primera vista las tres eran muy hermosas. Unos uniformes de colegiala de color azul marino muy oscuro y las faldas más cortas de lo que seguramente permitían las normas del colegio, dejaban a la vista unas piernas que se me antojaron largas y preciosas.

Las chicas, después de pasear una mirada por todas las posibilidades que ofrecía el vagón, conversaron delante de la puerta, decidiendo donde irían a sentarse. "Ojalá se sienten cerca" - pensé mientras miraba de forma que quería que pareciera indiferente a través del cristal, pero controlando por el reflejo los movimientos de las tres apariciones.

Vi cómo enfilaban en mi dirección y pensé que aún tendría la suerte de que se sentarán en algún lugar cerca de donde me encontraba, que me permitiera observarlas discretamente. Una de ellas tenía unos movimientos insinuantes y una sonrisa pícara, o al menos eso me parecía a mí.

Fueron avanzando por el pasillo y ya casi estaban a mi altura, por lo que creí que se pondrían en alguno de los asientos que tenía a mi espalda.

Cuando estaba barajando la posibilidad de cambiar de sitio -disimuladamente - para poder seguir observándolas, vi con tremenda sorpresa que se sentaban en los asientos en los que estaba yo. ¡Una a mi lado y las otras dos delante!

Unas miradas de complicidad entre ellas y unas sonrisas.

Me quedé helado. No sabía hacia dónde mirar y miré al suelo intentando no demostrar que me había dado cuenta de que se habían sentado alrededor. No sé por qué hice eso, pero sentí una vergüenza tremenda y miré más hacia el suelo, aunque no pude evitar mirar, de paso, las piernas de las dos chicas que estaban en el asiento de delante y que ahora, debido a la postura, tenían la falda acabando más arriba y mostrando un poco más de pierna.

- ¿Me estás mirando las piernas?. Mira, Lourdes, me está mirando las piernas - dijo la morena del contoneo, en un tono de voz que me pareció extremadamente alto.

Me quedé tan sorprendido que no sabía qué hacer, y me dio la sensación de que todos los ocupantes del vagón se giraban a mirarme con gesto de reproche. Enrojecí.

- Oye, ¿no serás tu uno de esos mirones que disfrutan observando y después cuando les dices algo se callan y no hacen más que sonreír estúpidamente?

En aquel momento me di cuenta de que estaba callado y sonriendo estúpidamente.

- Venga mujer, que lo estás azorando - dijo la de su lado (que pasó a ser bautizada por mí como "el ángel salvador"). Incluso me atreví a dirigirle una mirada de agradecimiento.

- Además, a pesar de no ser guapo, parece que tiene un cierto encanto - terció la de mi lado.

- A ver, precioso, dinos tu nombre...

El mundo se hacía pequeño, y yo también con él.

- Puede que tenga los ojos bonitos... a ver niño, mírame a los ojos. Deja de mirarme a las piernas y mírame a los ojos... por favor... - dijo con un tono cautivador y quise morirme cuando añadió: Si me miras a los ojos, puede que después te deje mirar un poco más las piernas sin protestar.

Las otras dos soltaron una carcajada que me pareció terrible porque auguraba que la cosa no había hecho más que empezar.

La de mi lado puso una mano sobre mi muslo, al tiempo que decía con una voz insinuante:

- Estos pantalones de franela, ¿no te dan mucho calor? , ¿Quizás deberías hacer como nosotras y enseñarnos las piernas?. Deben ser fuertes. ¿Tienes pelillos?

- Déjalo, que lo pones nervioso y así no nos va a enseñar los ojos y tampoco otras cosas. ¿Qué es lo que te gustaría enseñarnos? .

- ¡Pero si huele a colonia! Hummm que olor más bueno ¿Llevas colonia por todo el cuerpo?

¡Me estaban acosando!. Las tres sirenas de 15 años me estaban acosando en público, y yo con 2 años más que ellas no sabía qué hacer, no sabía que actitud tomar... Sudaba, miraba al suelo y de refilón a las piernas, y notaba la mano de la de al lado apoyada en mi muslo... y no me atrevía a moverme.

El tiempo se había detenido, los ocupantes del vagón tenían que estar todos pendientes de aquel acoso, las estaciones no llegaban, mi corazón galopaba y hacía muchísimo calor.

- ¿Por qué me tocas? - dije inconscientemente mientras agarraba la mano de mi vecina y sabiendo instantáneamente que nunca debí haber hecho aquello.

- ¡ Oye niño ! - dijo ella de forma que ahora sí, todos los ocupantes del vagón me miraron. - ¿Quién te ha dado permiso para agarrarme la mano?

Y se puso en pie delante de mí, esgrimiendo un enfado que me hundió en la más absoluta miseria. Mis labios se movían sin decir palabra, notaba el rojo de mi cara y sobre todo, notaba los ojos de los viajeros enviando sus reproches hacia mí. Quería escapar, fundirme, morirme, desaparecer.

- ¿Que os he hecho? -alcancé a decir en voz baja, casi con el último aliento.

Intuí tres sonrisas en los tres rostros que no acabé de deducir si eran de complacencia, de sadismo o de compasión, pero en aquel momento el metro se detuvo en una estación y las puertas se abrieron.

No puedo saber aun cómo lo hice, pero creo que fueron únicamente cinco segundos los que utilicé para salir de un salto del vagón y subir los dos tramos de escaleras hasta la calle. Todo ello sin mirar atrás, pero viendo las tres malditas sonrisas que me perseguían. Caminé casi corriendo tres calles para alejarme más aun si cabe del lugar.

- Sí, no importa lo que valga, ni tampoco el color, lo importante es que pueda llevármelo esta misma tarde. - le decía con vehemencia al vendedor de la casa de ciclomotores en la que había entrado y aún no recordaba como.

- Ya sé que el transporte publico no funciona del todo bien.- me decía el vendedor - pero de eso a jurar por lo más sagrado que nunca más va a utilizar el metro...

- Mire, amigo, antes iré a pie, eso puedo jurárselo... Se lo aseguro.

El vendedor, encogiéndose de hombros se fue a terminar la documentación.

 

 

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